Críticas Discos Especiales

Especial: Recordamos los cuarenta años del tercer y último disco de Leño, el soberbio «Corre, corre».

Dejó que las guitarras sonaran libres y sin filtros, que los riffs bramasen sucios, como recién salidos del local de ensayo…

¿Quién se lo iba a decir a Rosendo, Tony y Ramiro?… Que aquel tercer disco del grupo que años atrás reuniría Rosendo Mercado tras su salida de Ñu con dos ex-componentes de los otrora exitosos Coz, y que bautizaría como Leño, iba a sonar en un lejano y, visto hoy, inadmisible 1982, en las radio fórmulas de la época. Y no solo eso, las canciones de aquél mítico «Corre, corre» sonaban incluso en bares, pubs y discotecas, parafraseando a otra banda forjada en el asfalto salpicado de charcos que reflejaban la vida suburbial de aquellos tiempos post-franquistas, en este caso en la siempre lejana y húmeda Galicia.

El caso es que en este mes de febrero se cumplen cuatro décadas de la publicación del, a la postre, último disco de Leño, el mítico «Corre, corre».

Lo que queda claro desde el primer acorde del tema de título homónimo, es que el trío más ilustre del rock patrio aprendió la lección y se deshizo de Teddy Bautista, autor de una de las más desastrosas producciones que se recuerdan por estos lares en su anterior «Más madera», inapelable colección de temas rockeros que el líder de Los Canarios se encargó de embadurnar de sintetizadores y baterías que sonaban a lata.

Tomó el relevo Carlos Narea, quien ya había producido «Un amante de cartón» de Roque Narvaja, «Recién pinchado» de Salvador o varios discos de los setenta de Miguel Ríos. Dejó que las guitarras sonaran libres y sin filtros, que los riffs bramasen sucios, como recién salidos del local de ensayo; que la base rítmica se expandiese furiosa y marcase el tempo, y que Rosendo dijese lo que tenía que decir, con su temblorosa pero firme voz; y todo ello sin señuelos ni adornos sintetizados, y claro, el tema funcionó a las mil maravillas.

En principio el país tenía motivos para la esperanza: el golpe de estado de un año antes había fracasado y la peña dejó clara su postura en la calle, en España ya había divorcio y los gays y lesbianas no eran perseguidos como perros sarnosos, la violencia desatada por los que añoraban al dictador y sus policías aún anexos al régimen, empezaba a menguar y en el horizonte se vislumbraba un gobierno socialista llamado a propiciar un cambio.

Sin embargo, es difícil encontrar esas luces al final del túnel en los crípticos textos que dan carta de naturaleza al ruido rockero de las canciones de la banda madrileña. Situada la acción de su filosofía en el barrio, en la vida a la desesperada de una clase obrera que aún tenía demasiadas batallas pendientes, de una juventud que vivía a golpe de carambola y futbolín, que no asistía a los conciertos del Rock-Ola ni navegaba fumando tabaco rubio por las calles de Malasaña, vestidos con la última moda de Londres. La esperanza no cotizaba al alza en las colas del paro ni en las calles sin asfaltar, y allí pasaban los días sin recibir visitas del famoso alcalde de La Movida.

«Corre, corre» es por lo tanto, un disco proletario, reflejo de las inquietudes de una juventud que no chapurreaba inglés ni pasaba por la peluquería antes de ir a un concierto. En este tratado sobre la otra juventud, de la que nadie hablaba en las glamurosas noches de Malasaña, Leño nos cuentas sus cosas: La velocidad a la que pasa la vida cuando el tiempo apremia, de que el rock and roll está arrinconado y silenciado, de la vileza de los políticos, pidiéndoles a gritos que tirasen la toalla, no la tiraban entonces ni la tiran ahora (por cierto, aquél tema estuvo prohibido en muchas emisoras que se negaron a programarlo)…

Y sin embargo, a pesar de toda la rebeldía y chulería; de las soflamas inconformistas, de la desilusión de la que hacían gala en el cierre del disco; a pesar de que la mayoría no entendía ni hostias de lo que Leño quería decir, de que fuera del barrio aquellos himnos tenían un sentido muy concreto, ignorado por casi todos al otro lado del parque de las jeringuillas, a pesar de todo, el disco sonó en Los 40 Principales y «Sorprendente», «Que tire la toalla» o «Corre, corre» sonaban por doquier, como si fuesen otros himnos más del desparpajo esperanzado propio de la época pre-Felipista.

Hoy recordamos el elepé como lo que fue, como lo que es: una de las grandes cimas del rock urbano madrileño, y por extensión, español. El agotamiento y tal vez los kilómetros de carretera detrás de Miguel Ríos perpetuando su vocación de segundos del cartel, finiquitó la leyenda de Leño, no creo que ellos supiesen entonces que cuarenta años después un menda se iba a pasar una mañana de sábado escuchando de nuevo el disco y hablando sobre lo que es y siempre será: el último y legendario álbum de Leño.

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