Crónica del concierto de Bob Dylan en Unipol Dome de Milan durante el 2 de noviembre de 2026.
«Prohibidos móviles. Casi sin luces y sonido bajo. La música toda al centro» titula la prensa milanesa el concierto de Bob Dylan del pasado lunes 2 de noviembre de 2026. Y gracias a esa orden recuperamos sensaciones analógicas emocionales, de cuando no había tecnología y todo era enternecedor.
*como si fuera una orden de un capitán general de la Historia del Rock o quizás, para otros, del ejército de Mussolini. Así fue. Y gracias a ello recuperamos sensaciones analógicas y de emoción, de cuando no había tecnología, todo enternecedor.
Hasta el domingo no compré ni la entrada ni los vuelos pero llevaba rondándome la idea más de un mes, todos los días, como un ritual. Hay algo difícil de explicar y tremendamente personal en mi relación con Bob Dylan. No se trata de mi artista favorito, que también, entre todas las artes posibles sino un motor de vida, un timón educacional, una especie de espejo donde te reflejas cada día y te encuentras más favorecido. No se trata del personaje ( que también) sino de sus canciones y de su creación constante, su propia consciencia de que, incluso con 85 años, aún no ha compuesto su obra maestra. Su pasión por la música la hice mía siendo todavía un niño.
Ha sido un año y medio duro, de pérdidas: madres centenarias y amigos queridos. Me doy cuenta que ya soy huérfano, pero pienso que todavía queda el «padre putativo» el minesotarra, y una llamada interior me ha hecho querer verle, escucharle, sentirle…no sea que… ni él ni yo estemos en este mundo para otra ocasión. Together through life.
Pues nada, en marcha y a cumplir con un deseo demasiado intenso e insistente. De no haberlo hecho me hubiera arrepentido, eso seguro. Pero «soy ahora más joven que entonces» y lo he hecho con mucha paz, sin nervios, con madurez y todo ha ido redondo.

Confieso que salvo un trozo pirata de su concierto en citas europeas anteriores a la de Milán, el cual me daba muy buenos presagios, no había escuchado mucho. No quería suprimir el factor sorpresa, quizá el ingrediente más importante de sus conciertos.
Atisbé en la prueba un artista más centrado en la melodía y en la estructura clásica de sus “countries y sus blues” y así fue.
Luces tenues como de un tiempo a esta parte y puntualidad impresionante. El fervor se mascaba pese a su capucha de monje rapero. La ovación fue atronadora. 85 años en la carretera pintando su obra maestra en movimiento, como un gran fresco, su “Última Cena”, sin vivir de las rentas.
«Watching the River Flow», con su flow country-blues y su shuffle extraordinario, aparte de ser toda una declaración de intenciones, nos mete un groove en el cuerpo descomunal y tanto la extraordinaria banda que acaba de armar como su piano juguetón no dan una nota en falso. Me dan ganas de bailar, de aplaudir su legendario repertorio. Y es que cuando Bob canta con alma y con el corazón fuera de la camisa nada puede salir mal. Lo cierto es que ahora no da conciertos para complacer a los pesados con eso de que ya no merece la pena escucharle o no hace los clásicos. Apartaos y “no critiqueis lo que no entendéis” Ahora se dedica a sus fieles, a los que crecen con él y unen sus canciones a sus vidas a diario.Exactamente lo mismo que deseaba Verdi cuando estrenaba su nueva ópera en el Teatro alla Scala.
Luego cambia el tono para decirnos que sigue enfermo de amor («Love Sick») en una versión bien reconocible y acorde al arreglo del inmenso disco que la incluye, «Time Out of Mind», auténtico protagonista de esta gira. En la sublime interpretación parece que estuviera acompañado por los Dire Straits del «Communiqué» y es que los arreglos de guitarra call and response de Julian Lage y Joel Paterson son preciosos. Digamos que suena actualizado, como si estuviera acompañado de Mike Bloomfield y Mark Knopfler para la gira, chúpate esa. Una elegancia no escuchada desde los tiempos de la gira Cristiana o incluso de la de «At Budokan».
La sección rítmica genera un colchón divino y versátil y como siempre su escudero Tony Garnier hace de director musical en el centro mientras que el baterista Anton Fig toca de esa manera elegante, precisa y con alma de su maestro Jim Keltner.
Todo al centro, para compartir, comida casera y a bajo volumen para que te sientas seguro, protegido de la tormenta, te concentres, cierres los ojos y sueñes que vas por la mejor autopista de la música americana en un descapotable y con el viento de tu lado.
Tras el impresionante «Love Sick», vuelta al Village con una canción emblemática de su cambio del folk a otra cosa: «Ain’t Me Babe». Resulta bonita de verdad, así secuenciada y totalmente reconocible (para que digan) y los pulmones del octogenario pueden con un «No No No No» que ni la difunta Amy Winehouse. Y siempre con ese tono de trovador de la compasión, marca de la casa. Esos fraseos, esas prolongaciones de las sílabas, ese «los desafinados también tenemos corazón» Entre la plácida interpretación y las guitarras que simulan steels guitars uno ya está en el cielo, en las terrazas del Duomo, más donde la Madonnina, en lo más alto. Los tiempos de las interpretaciones son concisos, sin chorradas, todos los acordes caen a su tiempo, con una gracia increíble. Y sí, sí, sí, sí, esto es lo que siempre he buscado en ti.
Unos acordes gitanos y flamencos nos traen una versión del «Trying to Get to Heaven» dinámica y bailable. Con esta hermosa canción él siempre ha jugado al cambio. Recuerdo con lágrimas en los ojos la versión que se marcó en el Zénith de París en el otoño de 2000 ( el otro concierto de Bob al que me fui solo)
El lucimiento de Julian Lage es inmenso ( un prodigio) y el revoloteo de sus cuerdas me dicen que este concierto tendría que ser editado en un disco oficial. Al tiempo.
Todo son melodías, todo son arreglos de cuerdas metálicas de cristal. Todo es silencio, se escucha, al centro de la mesa solo la música.
Y como no hay casi parada, todo sigue. Le toca el turno al voodoo blues, pantanoso de «High Water», como si fuera de *Slow Train Coming* y no de *Love & Theft*. Machacón, heavy soul, premonitorio y marcado. La voz clara y la música oscura. Una gozada. Dylan con estas ocurrencias te está tocando varias canciones a la vez de su repertorio y eso, solo lo puede hacer él, nadie más. Everything is Broken + Slow Train + HighWater: oferta 3 por 1.
La primera versión ajena de la noche (hubo dos) es para el «I Can’t Tell» de Bo Diddley, lucimiento de medio tiempo blues para homenaje a uno de los padres e inventores del rock and roll.
Aquí recordé cuando en 1965 rompió la escena en el festival de Newport con la Paul Butterfield Blues Band y todo cambió. La estampa quijotesca de Julian y su forma de tocar el blues es muy Mike Bloomfield.
«Black Rider» es el primer tema de «Rough and Rowdy Ways» (reseña) y hará las delicias de quien lo escuche con Tom Waits en mente. Ritmo funerario como el tema requiere y mucho más cantada y melódica que la de estudio. Digamos que aquí la musa es Nina Simone y su «I Put a Spell on You». ¡Cuánto arte, poso y cultura desprende un concierto de Bob Dylan, madre santa! Siguen las guitarras perfectas.
Tras unos acordes gospel que parecen del «Mother of Muses», de esos de ‘comulguen por los pasillos laterales’ nos deja ojipláticos con «Tangled Up in Blue» reconocible sólo por versos ya que todavía el Picasso del Rock, el Nobel crea y transforma y aporta con 85 años. Y resultan tan bellos como los originales. Sobre todo cuando dice «Toda la música muerta se ha marchado. El mañana también puede ser ahora» El momento de la consagración de su nuevo repertorio es exactamente este gospelizado «Tangled Up in Blue» (que ya lo convirtió en 1978 en una oda a la reflexión romántica).
Y el mambo-rock lo tenemos en “When I Paint My Masterpiece” y uno empieza a pensar que el rollo del «Shadow Kingdom» ahora está mucho más pulido con esta banda siendo más disfrutable y musical o menos espectral y eso gusta porque hay partido y queda música e ilusión por sus venas. También es la primera vez que suena su armónica con la consabida ovación.
Unos redobles reggae muy Sly & Robbie en el «Infidels» introducen un “Not Dark Yet” renovado e inmenso. Y es que la poesía está ahí, pero la luz se filtra inmensa como en las vidrieras de la catedral de Milán, sutil y milenaria. Y ahora sí que me pellizco y pienso que es el de los mejores conciertos que he visto del Maestro en mi vida porque no va a piñón fijo con altibajos, mantiene el corazón caliente en cada fraseo.

Tras el clásico renovado (algo que es marca de la casa) llega su homenaje a la música country y también otro mensaje inevitable, «I Can’t Seem to Say Goodbye» de Jerry Lee Lewis. No puede, no puede decir adiós al escenario y a la canción y alabado sea por ello. Dulce y corto el vals country que nos mantiene borrachos de amor.
El tempo se acelera con un «False Prophet» en distinta clave, menos pesada que la del *Rough and Rowdy Ways*, más ligera y quizás sea el momento en que veo al Dylan que recuerdo de la última gira por España. Algo más previsible. Hubiera estado bien dejarle un sitio a Girl From The North Country para que me hubiera puesto de rodillas.
Recuperar «Soon After Midnight», de *Tempest* fue apostar por la canción de amor concisa y romántica, muy italiana por cierto. Y realmente me tocó la fibra. Al final yo venía a visitar al padre y a tener una conversación con él para contarle que estoy bien y que él también lo está, vivos para celebrar la vida. Y pensé en Richard Hawley a quien imagino que en su ciudad, Sheffield, irá a ver al maestro pasando antes por Coles Corner con una flor en el ojal.
«Million Miles» fue, sin duda, podio del repertorio para un servidor. De nuevo, TOOM. Se deja de experimentos y se va a la grabación original pero sin los efectos Lanois y como blues reptante que es representa muy bien su especialidad en los entresijos del desamor (y a uno le sale la lagrimilla por One Of Us Must Know, su ópera del desamor) Ya veis todo lo que puede aportar un concierto de Bob Dylan para aquellos que estudian la materia y la ponen en la práctica. No os fiéis de los infieles.
La elegancia servida al centro de la mesa, comida casera.
Mi favorita del concierto, y no me lo esperaba, fue la canción de niños “Under The Red Sky”, rescatada desde hace tiempo para su repertorio pero que en esta versión milanesa se transformó en la toma definitiva de la hermosa canción. Su melodía y estructura sencilla es como el arroz a la cubana que hacía mi madre. Nunca probaré uno tan rico, nunca. Aquí recordé a Nacho Para (Bantastic Fand) y a su amado George Harrison por esa factura agridulce perfecta de la canción donde la melodía manda y los arreglos suenan a felicidad. En fin, me la lloré entera, armónica celestial incluida.
“I’ve Made Up My Mind To Give Myself To You” también se vuelve más pasional y menos celestial y destaca lo expresivo de su fraseo. Y qué queréis que os diga, estando tan expresivo, todo lo va a convertir en oro y no importa qué canción decida tocar.
Como si fuera un bis pero sin pausa, la fiesta del boogie blues viene de la mano de un extraordinario “Goodbye Jimmy Reed”. Y es que Dylan es un bluesman.
Ligero, trotero y con unas intervenciones de guitarra sublimes. Un diálogo fluido y eterno.
Y para acabar con las 18 canciones del repertorio, la sorpresa, ya que estaba cayendo «Every Grain of Sand» (ya escuchada de encore en la última gira que le trajo por España) la emocionantísima «I Shall Be Released» y como colofón un solo de armónica de quitarse el sombrero. Finale. Como en El Último Vals.
Y un viejo Bob sale del escenario tambaleante, oscuro y misterioso. ¿Será la última vez que le vea o que él me vea a mí o me intuya desde la tenue oscuridad? ¿Tengo realmente ganas de recuperar mi móvil confiscado? ¿Permanece el deseo de estar en el cielo hora y media? ¿Me siento más joven tras esta visita, con su excusa, a la bella ciudad lombarda? ¿He hecho bien en venir? Todas esas preguntas me las guardo en el corazón pero os podéis imaginar la respuesta. La música al centro de la mesa, volumen bajo y recepción analógica, de corazón a corazón. Una parte del mío se quedó en ese auditorio de las afueras de Milán. Fue un lujo y una delicia, estar allí sintiendo y aquí lo comparto. Las canciones, si señor, se sirven al centro para el disfrute de cada oyente como en esta preciosa velada, mi 22 cita con Bob.
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