Crónica del concierto de Javier Corcobado en Teatro Eslava de Madrid durante la velada del 30 de enero de 2026.
… alguien me susurra desde una voz desnuda: “Javier es un poeta”. Empiezo entonces a comprender ese sonido nuevo; ese caudal de alegría en el llanto, un torrente nuclear, un parto con dolor…
Tarde-noche de gigantesca coliflor nuclear, paraguas morado y brillante en el cielo; semejante el color a la de muchas otras de invierno en las que aspiramos a conquistar la cercana frontera de Marzo. La lluvia anticipa una música nueva.
Mi primer encuentro con Javier Corcobado, artista del que apenas tenía referencias escritas. Algo más que una asignatura pendiente. El 40 aniversario de su carrera como músico viene a demostrar que, a pesar de mi pretendido conocimiento musical, he dejado olvidada una parte importante de la música española contemporánea. Mea culpa.
El escenario del Teatro Eslava se asemeja a una chimenea, al hogar encendido en el interior de una gran cabaña doméstica. Los músicos, al inicio del concierto, se colocan como leños listos para una ignición cercana. El telón ruge suavemente con un color carmesí, la Boca de Dragón provoca a una audiencia próxima al juego del fuego. Aparece Javier desde una esquina. Pocas veces recuerdo haber escuchado entonar tantas salves laudatorias, alentar un recibimiento tan profundamente hermanado.
¿Qué es lo que suena? No deseo precipitar mis impresiones. “Carta al Cielo” inaugura el concierto. Prefiero no tener una impresión a priori, dejar que la sorpresa me guíe. Algo se extiende desde el escenario, ese tono de lumbre de la chimenea a ras de mis ojos ingenuos. Apenas existen focos iniciales, desde el fondo del mismo escenario contemplo de nuevo esa coliflor gigantesca, bellísima oscuridad que se mueve como un muelle inquieto. “La libertad”, “Desde tu Herida”, alguien me susurra desde una voz desnuda: “Javier es un poeta”. Empiezo entonces a comprender ese sonido nuevo; ese caudal de alegría en el llanto, un torrente nuclear, un parto con dolor.

“Solitud y Soledad” (título homónimo de su último trabajo – intromúsica Records, 2025 -), “Que Maravilla Sería” y “No tengo Remedio” cierran el primer tercio del concierto. Le siguen “Susurro” (con mención a Andrés Calamaro) y “Secuestraré al Amor” y, ya con la incorporación en el escenario de una Alaska en plena forma interpretativa, dos temas más. “Coches de Choque” y “Dame un Beso de Cianuro”. Intento entonces – ya ha pasado casi la mitad del concierto – recuperar de alguna manera mi anterior experiencia musical Pretendo así calificar unas emociones ya a flor de pie. Alaska se mueve, silban sus caderas, desplaza su melena de cosecha rubia de un lado a otro, los músicos de la banda acompañan su desplazamiento, abren aún más las puertas del escenario. Elijo seguir arrastrado, sin rumbo fijo, a la deriva.
Mención a Nacho Vegas en el siguiente tema: “Cine de Verano”. Una pieza extensa de más de siete minutos que la banda interpreta con eclipse de luna. Algo semejante ocurre en “El Mar es mi Corazón”, una suerte de balada que Javier recita con la convicción que solo las mareas olvidadas aseguran.
Presentación de la banda. Juan Pérez Marina, guitarras, Jesús Alonso, batería, Gustavo Villamor, bajo, Aintzane con G de Gloria, voz y coros. Javier se desplaza por el escenario presentando uno a uno a los músicos. Hay amor y reconocimiento en el tono de su voz, en la breve historia que de cada músico relata. Los aplausos y vítores del público asistente corroboran esa sensación de concierto familiar. Javier saluda a los asistentes provenientes de Bilbao, de Asturias, (¡de Jaén! grita alguien…). Miro atento alrededor, expresiones palpables de felicidad, de querer compartir algo más, se vive una sensación de olvidar secretos, de desnudarse.

La última parte del concierto ahonda en esa misma impresión de plenitud sosegada. “Inundaciones de Amor”, “A Nadie”, “La Navaja Automática de tu Voz”. En “Cruz de Respiración”, Javier menciona a Marc de Dorian. Creo recordar que es ahora – si no fuera en esta última canción, que alguien me corrija – cuando Javier invita a subir al escenario a quien quiera compartir con él el baile del molino celeste. Suben tres personas y lo ejecutan con solvencia, son cientos más los que desde la pista central les acompañan anárquicamente. “En la Sombra de una Copa” y “Yin Yang Jung Venus”…¿cierran realmente el concierto?.
No lo acepto. Me sigue dominando una sensación de alumbramiento mientras escucho ahora, aislado en casa, su último trabajo, “Solitud y Soledad”. Dejo que corra la aguja. «Las mareas siempre vuelven».
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