Reseña y crítica sobre Bill Callahan y su álbum ‘My Days of 58’, publicado en 2026.
… doce temas hondos, introspectivos, intensos y penetrantes que, a buen seguro, tendrían la bendición de Lou Reed si los pudiera escuchar, que adquieren una dimensión mágica y de aparente sensación de improvisación en bastantes instantes gracias a los precisos y preciosos arreglos de trompetas, violines, trombones, pedal steel, coros…
Se dice, se comenta, se rumorea que los 58 años se hallan dentro de la mediana edad, en la transición a la senectud, también conocida como tercera edad. También se dice, se comenta y se rumorea que es una edad madura, aunque eso de la madurez sea muy relativo, tanto que en bastante casos resulta un despropósito hablar de ella pues por muchos estudios que nos cuenten que las mujeres maduran a los treinta y tantos y los hombres a los cuarenta y pico, raro es quien no conozca casos que lo hayan hecho con anterioridad o con posterioridad, incluso los que se fueron al otro barrio sin madurar.
Digo todo ello al hilo del título y de buena parte del contenido en el enorme, mayúsculo, y monumental trabajo discográfico “My Days of 58” que, recientemente, ha publicado Bill Callahan. De entrada decir que, quizás haya parecido exagerado tamaña apología de elogios, pero es lo que siento y, aunque en mayor o menor medida he seguido la extensa y muy digna trayectoria del de Maryland, nunca llegó a calarme tanto ninguna de sus obras, exceptuando el conocido como “disco del gato”, el extraordinario “Knock Knock” de 1999, cuando su talento artístico se camuflaba bajo el alias musical de Smog.

Este octavo álbum de estudio —si tenemos en cuenta solamente los que están a su nombre en su prolífico periplo musical—, sirve de continuidad al “Reality” de 2022 y al directo “Resuscitate!” de 2024. En él se incluyen doce temas hondos, introspectivos, intensos y penetrantes que, a buen seguro, tendrían la bendición de Lou Reed si los pudiera escuchar, que adquieren una dimensión mágica y de aparente sensación de improvisación en bastantes instantes gracias a los precisos y preciosos arreglos de trompetas, violines, trombones, pedal steel, coros… por la banda que le acompañó en la gira del antes citado anterior álbum.
Lo de la bendición del tito Lou no es solo por las influencias y las evidentes aproximaciones del estilo de Callahan, sino porque, por ejemplo, “Why Do Men Sing” es una ofrenda en toda regla, como pocas veces se han visto y se verán, una pesadilla sobre la muerte y en la que se produce el encuentro con el padre del rock alternativo allá, en el otro lado.
Esa especie de alucinación onírica en la que se repite una y otra vez la pregunta al legendario interlocutor de “¿por qué cantan los hombres?” sirve de preludio a “The Man I’m Supposed to Be”, una reflexión sobre la muerte y elegir entre tenerle miedo o tomarse la vida en serio y reirse de ella.
Curioso que, después, parece como si retomase la cuestión con el mismísimo Lou Reed en “Pathol O.G.”. Ya despierto, sin citarlo, se sincera sobre treinta años componiendo canciones, una especie de necesidad obsesiva para comunicarse y comprender al mundo y a sí mismo, de refugiarse con su guitarra en los momentos de soledad, tristeza y confusión, cual si estuviera inmerso en subir la escalera de Jacob que une la tierra y el cielo en la visión bíblica del Génesis. Entre un montón de representaciones alegóricas me parece enorme ese verso de «no convertir el bote salvavidas en un yate».
Y del cielo azul al cielo gris. “Stepping Out For Air” es el aprendizaje para ver la belleza de la vida, invitando incluso al arcángel Gabriel para que se sume con su trompeta y creando una atmósfera emocional y abrumadoramente intensa que antecede a una pieza como “Lonely City” sobre las urbes sin alma.
“Empathy”, sobre la relaciones paternofiliales, es de una franqueza y belleza emocional indescriptible, explorando preguntas, dificultades, recuerdos y anhelos de cosas que se dijeron, que en su momento no se comprendieron, o de aquellas que le hubiera gustado decir. Por su parte, en “West Texas” se dan cita la carretera, el hogar y las noches estrelladas, mientras que “Computer” es una ácida y oportuna crítica sobre la adicción a las redes sociales, con versos tan demoledores como los de “esta máquina se ha convertido en la guillotina del pueblo y la libertad de expresión casi ha terminado”.

Entre el diálogo interno y el existencialismo, con los frágiles coros de Eve Searls y con la muerte otra vez en el punto de mira, es de una belleza colosal “Lake Winnebago”, el lugar elegido para el eterno descanso en el estado de Wisconsin. La primera vez que la escuché, no sé realmente por qué, me recordó “Tatters”, una melodía oculta y extraordinaria en el éxtasis de Lou, y ahora no dejo de encontrales un nexo que seguramente sea producto de mi imaginación.
Más carreteras, más paisajes, más amor y más camino hacia el último y largo viaje en“Highway Born”, antes de la inmensa “And Dream Land”, con ese crescendo y esa sensación de sinfonía en una melodía que debería obtener un atemporal reconocimiento si la justicia musical volviera a existir. Como remate la sobrecogedora balada“The World is Still”, cual si estuviera elevándose ya hacia el más allá.
Si en el año 2000, Lou Reed publicó con 58 años un álbum conceptual enfocado en sus experiencias existenciales como fue “Ecstasy”, Bill Callahan ha publicado veintiséis años después su gran heredero y, seguramente, su más grande obra maestra.
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