Crónica del concierto de Hoodoo Gurus en Kafe Antzokia de Bilbao el 22 de septiembre de 2026.
…pueden transitar por el punk, el power pop, el garage, el rock’n’roll, el blues, la psicodelia, el soul o el pop melódico, pueden lanzar guiños reconocibles a unos y otros, pero al final de cada viaje hay un lugar inequívoco al que regresan: Hoodoo Gurus…
Antes del revival de estas pasadas dos décadas por el mono- estilismo ( Americana , Rock & Roll, Garage 60’s …) había bandas cuyas canciones permiten jugar a descubrir sus diferentes y variadas influencias. Un riff que recuerda a los Clash, una melodía que remite al power pop, un riff oscuro que parece escaparse hacia los Cramps, un estribillo que podría haber salido de cualquier manual del pop de los sesenta. Y hay otras que, después de más de cuatro décadas, han conseguido que el juego de las referencias termine siendo secundario. Los Hoodoo Gurus pertenecen a estas últimas.
Pueden transitar por el punk, el power pop, el garage, el rock’n’roll, el blues, la psicodelia, el soul o el pop melódico, pueden lanzar guiños reconocibles a unos y otros, pero al final de cada viaje hay un lugar inequívoco al que regresan: Hoodoo Gurus.

Eso fue precisamente lo que demostraron el martes en el Kafe Antzokia. Con una sala alrededor del 80% de su aforo para un concierto de rock internacional un martes de septiembre no es una mala noticia; quizá sí debería serlo para quienes han ido dejando que la programación de una sala que durante años fue parada obligatoria para muchas de las grandes bandas internacionales que pasaban por la península pierda parte de aquella condición.
Los australianos salieron a escena con su formación clásica: Dave Faulkner, voz y guitarra; Brad Shepherd, guitarra, voces y armónica; Rick Grossman, bajo; y Nik Rieth, batería. Dos guitarras, bajo y batería. Nada más. Y nada menos. Porque en los Hoodoo Gurus la distribución de funciones tiene mucho que decir. Faulkner construye buena parte de las canciones desde la guitarra rítmica, aunque en ocasiones se aventure a buscar otros espacios; Shepherd ocupa el territorio de la guitarra solista, mientras Grossman y Rieth forman un armazón rítmico que está muy lejos de limitarse a sostener a los demás. El bajo y la batería no acompañan las canciones: las hacen avanzar.
Y empezaron a toda velocidad. “(Let’s All) Turn On” fue un trallazo de punk-power pop australiano, directo, urgente, con ese estribillo lanzado como un láser que dejaba claro desde el primer minuto que aquella no iba a ser una noche de nostalgia complaciente. Después ampliaron inmediatamente el paisaje con temas como “Answered Prayers” y “A Place in the Sun”. Porque si algo define a los Gurus es precisamente su capacidad para cambiar de registro sin perder el ADN.

Pueden sonar rocosos, con la guitarra afilando punteos sobre una batería musculosa, y pasar de ahí con absoluta naturalidad al pop melódico de “Another World”. Y es entonces cuando aparece una de las grandes armas de la banda: las voces. Las armonías vocales de los Hoodoo Gurus no son un adorno que se coloca encima de una buena canción. Son parte de su arquitectura. Redibujan las melodías, transforman las influencias que puedan asomar por debajo y terminan convirtiendo esos guiños en algo reconocible inmediatamente como suyo. Es una de las razones por las que pueden visitar tantos territorios sin que la canción pierda nunca su identidad.
“My Girl” llevó el concierto hacia un terreno soulero, casi como un viejo hit recuperado de otra época, aunque pasado por el filtro vitaminado y melódico de los australianos. Después llegaron los ecos del punk angelino en “Death Ship”, mientras “In the Middle of the Land” volvía a colocar en primer plano una base rítmica contundente y unos coros iniciales que convertían aquel “yeah, yeah” en mucho más que un simple recurso de estribillo.
La transversalidad de la banda no funciona como una colección de disfraces. Se apropian de esos lenguajes y los pasan por su propia máquina. Ahí está la diferencia de esta inmensa banda sobre otras o sobre la ola mono estilística que comentábamos al inicio.

“Death Defying” fue puro power pop melódico, de esos temas que parecen construidos para ser cantados a pleno pulmón, y el público respondió. Pero el primer gran momento de la noche llegó con “Come Anytime”. Los acordes enlazados, la guitarra solista de Shepherd y esa base rítmica infatigable hicieron crecer la canción hasta convertirla en uno de los grandes picos del concierto. Y ahí se entendió otra cosa: los Hoodoo Gurus saben escribir estribillos, pero también saben cómo hacerlos llegar. La guitarra solista puede dibujar por encima, las voces pueden multiplicarse y la batería puede empujar desde abajo, pero nunca hay sensación de exceso.
“Tojo”, con su sabor a Clash y ese juego de voces que invita a la respuesta colectiva, volvió a poner sobre la mesa esa mezcla de nervio punk y melodía pop. Después, “Mars Needs Guitars!” recuperó el lado más gamberro y guitarrero de la banda, mientras el espíritu de los Cramps parecía asomar por momentos en la actitud de “Dig It Up”, aunque convenientemente domesticado por la melodía. Con “1000 Miles Away” bajaron las revoluciones y apareció otra vez la magia de las voces. Las guitarras, el bajo y la batería construyeron un soporte contenido mientras las armonías vocales adquirían un protagonismo casi angelical. Es uno de esos momentos que explican por qué reducir a los Hoodoo Gurus a una banda de garage o de power pop sería quedarse muy corto.
“I Want You Back” devolvió el nervio al concierto y, después, un medio tiempo de la casa volvió a poner de manifiesto esa facilidad para combinar melodía y músculo. En “Poison Pen”, la armónica de Shepherd añadió un matiz bluesero a una canción de base poderosa. Después llegó “Out That Door”, con la batería disparando trallazos entre melodías de power pop y guitarrazos. Y entonces llegó “Bittersweet”. Segundo gran pico de la noche y, probablemente, una de las mejores definiciones posibles del sonido Hoodoo Gurus. Acordes cortantes, afilados, con un punto que podía recordar al lenguaje de AC/DC, pero inmediatamente atravesados por la melodía y por ese sentido del estribillo que impide que la canción se convierta simplemente en hard rock. Rock musculoso, pero con pop.Y sobre todo, personalidad.

Y cuando parecía que la noche ya había entregado buena parte de sus mejores cartas, llegó “What’s My Scene”, uno de esos temas que los seguidores veteranos estaban esperando y que convirtió el Antzokia en un coro. No necesitaba presentación. Bastaban los primeros acordes.
“Like Wow – Wipeout” cerró el repertorio con espíritu de rock’n’roll de instituto y una batería que parecía recordar que, después de tanto pop, tanta melodía y tanta armonía, aquellos tipos también habían venido a hacer ruido.
Habían empezado con punk. Y quisieron terminar igual. No fue una noche de arqueología musical ni una simple celebración de cuatro décadas de carrera. Fue una demostración de que las influencias solo son el punto de partida. Como dijo aquel cuatro décadas después, Marte puede seguir necesitando guitarras. Bilbao, visto lo visto, también.
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