Conciertos

Crónica del concierto de Nick Cave en el Mad Cool de Madrid durante el 11 de julio de 2026.

… uno de los grandes aciertos del repertorio es comprobar cómo las canciones más primitivas, palúdicas y viscerales de su catálogo inicial sobreviven al paso del tiempo sin perder un gramo de violencia, pese a haber abandonado hace años el formato esquelético de trío o cuarteto con el que fueron concebidas…

Lo del músico australiano a estas alturas ya empieza a ser sobrehumano. Siendo su espectáculo un ejercicio, por un lado, tan físico y confrontativo y por otro tan íntimo y preciosista,  parece imposible que puedan convivir ambos en perfecta armonía.  Y más aún que pasados los años el  espectáculo no mengüe en sus aspectos fundamentales, si no que aumente en ambos extremos,  agigantando la propuesta atmosférica de Cave y sus Bad Seeds.  Es el suyo sin duda un torbellino de emociones y un auténtico tour de forcé musical que tras dos horas te deja agotado y exhausto. 

Sin necesidad de calentar motores las Malas Semillas y su Predicador en Jefe  se lanzaron hacia el abismo, cual sacudida sísmica con Get Ready for Love.  Las cuatro coristas desataron el vendaval mientras Cave, plantado sobre la prolongación del escenario, escupía la letra prácticamente encima de las primeras filas, convertido desde el primer instante en una figura entre un chamán y un predicador. Posición de ataque que mantendría casi todo el concierto salvo cuando el piano le requería para dar un respiro al público.

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Imágenes cortesía de Pato Castañeda, Jaime G. ‘Desperdicios e Iván Lequerica

Uno de los grandes aciertos del repertorio es comprobar cómo las canciones más primitivas, palúdicas y viscerales de su catálogo inicial sobreviven al paso del tiempo sin perder un gramo de violencia, pese a haber abandonado hace años el formato esquelético de trío o cuarteto con el que fueron concebidas. Todo lo contrario: la actual encarnación de los Bad Seeds multiplica su alcance sin malograr su esencia y violencia.

«From Her to Eternity» sonó inmensa, con los alaridos de Cave cruzándose con los inquietantes staccatos de teclado y el violín del lugarteniente Warren Ellis. Después llegó «Tupelo», probablemente uno de los grandes relatos musicales escritos por Cave, convertido aquí en un predicador fuera de sí que anuncia el nacimiento de Elvis como si se tratara de un mesías sureño bajo una tormenta bíblica. Y, por supuesto, «The Mercy Seat», ese incómodo monólogo sobre la pena de muerte que sigue conservando intacta toda su capacidad para estremecer. Con Cave y los Bad Seeds creando una inquietante atmosfera alrededor del relato, que culmina con el condenado contemplando el rostro de Jesucristo reflejado en sus zapatos camino del patíbulo.

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Imágenes cortesía de Pato Castañeda, Jaime G. ‘Desperdicios e Iván Lequerica

Todo ello sostenido por una banda sencillamente extraordinaria. Larry Mullins marcó el pulso con una percusión casi militar a sus timbales; Colin Greenwood aportó un bajo musculoso, deudor del legado de The Birthday Party; además de las percusiones siempre perturbadoras del veterano Jim Sclavunos, mientras Warren Ellis, a teclados, guitarra, percusión y viola ruidista, volvió a confirmar su condición de mano derecha y huracán creativo del universo de Nick Cave.

Precisamente por eso funcionan tan bien los cambios de registro. Cuando la tormenta parece no poder ir más lejos, Cave introduce esas composiciones de inspiración góspel que suspenden el tiempo. «O Children» fue uno de esos momentos. Las voces del cuarteto de coristas —tres mujeres vestidas con túnicas plateadas y un hombre vestido rigurosamente de negro— elevaron la canción hasta convertirla en un pequeño acto litúrgico donde todo parecía encontrar un extraño equilibrio.

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Imágenes cortesía de Pato Castañeda, Jaime G. ‘Desperdicios e Iván Lequerica

También hubo espacio para su material más reciente, nacido de esa espiritualidad profundamente humana —más mística que religiosa— que atraviesa los últimos trabajos del australiano. Tanto «Wild God» como una sobrecogedora «Joy» demostraron su validez  incrustadas entre su material mas clásico. Asi la mencionada “Joy” fue creciendo desde su repetitivo mantra inicial (“Me desperté esta mañana con la tristeza girando en mi cabeza”)  hasta desembocar en esa imagen final proyectada en las pantallas: el rostro de Cave con los ojos anegados en lágrimas. O es un actor extraordinario o todos los allí presentes, envueltos en un repentino silencio, creímos por un instante en el poder curativo de su música. Como dijo Dylan tras verle en Paris “Todos hemos sufrido demasiado, es hora de un poco de alegría”.

La balada basada en un asesinato real «Henry Lee», con sus coros de nana y la segunda voz de una de sus maravillosas coristas; «The Weeping Song», y su tono de canción de taberna irlandesa —de nuevo inmenso Sclavunos golpeando las campanas con sus martillos—; o el interminable (y altamente contagioso) recitado de «Jubilee Street» fueron otros de los momentos álgidos de un concierto que parecía incapaz de seguir creciendo. Al menos hasta que sonó, probablemente, la canción más conocida y accesible de su repertorio —¿hemos dicho accesible hablando de Nick Cave?—: «The Red Right Hand», popularizada por una célebre serie de televisión. Como durante todo el concierto, Warren Ellis volvió a asumir un protagonismo absoluto, exprimiendo su violín electrificado y pasado por mil efectos para crear una nube de aullidos sonoros.

Imágenes cortesía de Pato Castañeda, Jaime G. ‘Desperdicios e Iván Lequerica

Pero Cave siempre se reserva un último as en su manga de tahúr. En esta ocasión bastó con quedarse completamente solo al piano para interpretar «Into My Arms». Apenas un carraspeo antes de comenzar, la oscuridad envolviendo el recinto y miles de personas cantando el estribillo como si formaran un único coro. No hacía falta nada más.

Pocas actuaciones consiguen transitar con semejante naturalidad entre la violencia más primaria y la fragilidad absoluta sin caer en el artificio. Quizá haya algo de cálculo en esa montaña rusa emocional. Quizá la experiencia acumulada durante cuatro décadas explique parte del milagro. Quizá Warren Ellis y Nick Cave hayan encontrado una conexión creativa irrepetible. O quizá, sencillamente, existan artistas capaces de convertir un concierto en algo más parecido a una experiencia compartida que a una sucesión de canciones.


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