Conciertos

Crónica del concierto de despedida de La Gran Esperanza Blanca en Loco Club de València durante el 18 de abril de 2026.

… se fueron como vivieron. Con honestidad, experiencia y valía. Con lucidez, aplomo y coraje. Sacando brillo a un legado de abrumadora calidad, poco conocido por el vulgo, pero apreciadísimo por los gourmets. Esos que hoy nos hemos despertado igual que ellos: algo tristes pero inmensamente agradecidos…

Sería un atrevimiento pensar en cómo se despertaron el domingo 19 de abril de 2026 los componentes de La Gran Esperanza Blanca. Es inquietante meterse en casa de un extraño, verle abrir los ojos para saludar un nuevo día después de un sueño reparador, ser testigo de los primeros gestos de la jornada, esas repeticiones cotidianas: liberarse de las sábanas, recolocarse los huesos, ponerse las zapatillas, ir al lavabo, darse una ducha, tomarse un café, pegar un vistazo al teléfono para comprobar redes sociales, leer el diario, poner algo de música. Todavía más invasivo y perturbador sería intentar acceder a los pensamientos o al estado de ánimo de esas cuatro personas. Y más, esa mañana. Porque el domingo no fue un día normal. Fue el primer día de una nueva vida sin pertenecer a La Gran Esperanza Blanca, una banda que ha estado en marcha durante nada menos que cuarenta años.

Cisco Fran dice que en la noche del sábado, durante el concierto de despedida que ofrecieron en Loco Club, se sintieron halagados, queridos, admirados y reconocidos. Que una corriente de felicidad recorría la sala en ambos sentidos, de la pista al escenario y del escenario a la pista. El domingo decía sentirse agradecido. Chiti Chítez, Chuso Al y Fede Spagnolo Ferocce tenían que sentirse igual. Satisfechos, honrados, felices. Y claro, quizá un poco tristes. Yo mismo lo estoy. Imposible no lamentar la desaparición de una banda de rock como la suya. La cosa ya no es irte o quedarte, es asumir que todo tiene un final y que la única opción que se te permite adoptar en el proceso es decidir de qué manera te marchas. Y el sábado, estos cuatro músicos decidieron marcharse a lo grande, más que dignamente, con alegría y riqueza de espíritu. Montando una fiesta para decir adiós. Sin reproches ni lamentaciones. La cara bien alta y la música a todo volumen.

la gran esperanza blanca loco club

Se fueron como vivieron. Con honestidad, experiencia y valía. Con lucidez, aplomo y coraje. Sacando brillo a un legado de abrumadora calidad, poco conocido por el vulgo, pero apreciadísimo por los gourmets. Esos que hoy nos hemos despertado igual que ellos: algo tristes pero inmensamente agradecidos. Como se sintió Pepo Granero al colgarse la acústica para tocar junto a la banda “La colina del arroz”, aquella primera canción que compusieron juntos en Mallorca durante la mili y con la que empezó todo. Esa misma que abre el disco-libro que acaban de publicar con Osadía Ediciones a todo lujo, “Gasolina para quemar”, y que reúne todos los textos de las canciones de Cisco.

Las locomotoras tienen nombre, no sé si lo sabían. Es una vieja costumbre. La Gran Esperanza Blanca sería uno muy bueno para una gran máquina de vapor. Doscientas toneladas de acero desplazándose grácilmente por brillantes raíles a través de dos décadas de aventuras vividas con esfuerzo, ilusión, disgustos, alegrías, tristezas, conciertos, grabaciones de discos y otras cargas y mercancías que llenan los vagones del convoy. El viejo y evocador sonido del ferrocarril norteamericano. Caliente, rítmico, cortante, profundo. El folk rock, el blues, el country de Bob Dylan, Johnny Cash y tantos otros. Así sonaba la banda tocando “El blues del perdedor” y “Entre Brooklyn y tú”, trepidante, con ese punto de distorsión y wahwah en la añeja Gibson SG de Fede.

Canciones con letras cinematográficas, literarias, llenas de vida y movimiento. De belleza poética construidas con un castellano certero y económico. Poderoso. Canciones que te llevan de viaje o te ayudan a vivir, como “Enroque”, una jugada de ajedrez que se puede aplicar a la vida diaria, como explicaba Cisco Fran entre armónicas y guitarras parlanchinas. Canciones adelantadas a su tiempo y de lamentable actualidad, como “No olvides la llave”, rock and roll puro, firme y honrado que puso a cabecear al público, llegado al Loco en gran cantidad para no perderse un evento salpicado por alguna sorpresa. Una de ellas, la participación de Quico Gramaje en “Lento”, grave, poderosa, ejecutada con ritmo marcial. Otra, la dedicatoria de “Nostalgia de Bell Ville” a la gente de ‘Últimes Vesprades a Mestalla’, apasionados seguidores del Valencia Club de Fútbol que acudieron al Loco con su bandera y la preocupación compartida con el propio Cisco por el futuro de la entidad. Qué maravillosa crónica deportivo-sentimental con Kempes de protagonista, qué bien escribe Cisco Fran. De todo.

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Los cuatro músicos se entregaron a fondo, con garra y precisión, para interpretar por última vez “Harry Dean”, “Colmillo Blanco”, “Cervezas y una calle desierta” y la fabulosa “Columbia 20 de julio”, con Ferocce atacando el punteo final de paseo entre el público, menudo momentazo para ponerle la guinda a una de sus mejores canciones. Vitalista a más no poder. Por el contrario, “Mi última canción” cobró anoche un mórbido sentido, literal y estricto, de presagio cierto y profecía autocumplida. A continuación, subió al escenario Miguel Almenara, hermano del batería Chuso, para ayudar con la Jazzmaster de Cisco en “Un hombre en la cuneta”, mientras el líder de la banda se contoneaba micro en mano al ritmo de la truculenta tonada.

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Llegaron otras, como “Paterson” y “La reina de Brooklyn”, colosal, saltarina. La banda, entre los aplausos del público y palabras de agradecimiento, encaró la parte final del concierto con la estupenda adaptación de M. Ward “Gasolina para quemar”. Se acercaba el momento de la despedida y La Gran Esperanza Blanca lo afrontó con electricidad y tensión, dándole candela a “Perdido en el océano”, aquella copla con la que obtuvieron cierta notoriedad al principio de su carrera tras ser publicada en un EP de 1988. Siguió la siniestra “El chico del tren”, todavía más acelerada para la ocasión y, enseguida, el último disparo. El punto final al recorrido de toda una vida. “Calor”, de su alabado disco de 2020 Alice maravilla, fue la escogida para despedirse de nosotros. Una canción de amor ilusionante, sanador y carnal. De brisa fresca que mitiga el hastío provocado por el calor y el asfixiante agobio de los finales tristes.


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