Especial dedicado a The Chameleons y a su tercer álbum ‘Strange Times’, publicado el 1 de septiembre de 1986, con motivo de su 40 aniversario.
… concentraba ese universo cargado de nostalgia y de surrealismo que tanto representaba a los Chameleons y que, en este caso, volvieron a tener identidad estética con esas figuras híbridas y colas de serpientes en la portada…
Hoy, 1 de septiembre de 2026, se cumplen cuatro décadas de la que no solamente considero que es la gran obra maestra de esta banda de Manchester, sino también de todo el año en que se publicó e incluso de todo el after-punk. Digo after-punk y no post-punk porque así era como se llamaba en España al también llamado «rock siniestro», un género que evolucionó del punk clásico hacia una experimentación más vanguardista, donde las potentes líneas de bajo generaban una atmósfera bastante hipnótica, donde las voces poseían cierto halo melancólico y donde las guitarras reproducían riffs minimalistas que proporcionaban mayor tensión melódica.
Más que menos, The Chameleons cumplían a la perfección esos parámetros, aunque del mismo modo que los fabulosos The Sound de Adrian Borland, fueron ubicados injustamente en una segunda división. He dicho injusta porque, en el caso que nos ocupa, su magna trilogía inicial («Script of the Bridge» de 1983, «What Does Anything Mean? Basically» de 1985, «Strange Times» de 1986), me parece que deberían jugar en la misma liga atemporal de nombres como Joy Division, The Cure, Bauhaus, Siouxsie and The Banshees, Psychedelic Furs…

De los mencionados tres discos, el de los «Tiempos extraños» resultó el más onírico y, al mismo tiempo, el más accesible a nivel comercial, principalmente gracias a las dos piezas seleccionadas como singles. Por una parte, la fabulosísima reflexión existencialista de «Tears», con esa mirada inquietante sobre el pasado y cuya versión del álbum fue acústica, diferente a la más «eléctrica» que vio la luz en el single. Y por otra, «Swamp Thing», el cebo para entrar en el limbo, seguramente la canción que obtuvo mayor repercusión con esa atmósfera propiciada por la reverberación guitarrera y el magnetismo del bajo y la batería.
Cierto es que también se lanzó como single promocional «Mad Jack», el que fuera pistoletazo de salida del «Strange Times», un tema sumamente energético sobre la adicción y la locura en un mundo vacío, que podía evocar en algún momento las composiciones más rápidas y urgentes de David Bowie, seguramente la más grande influencia de Mark Burgess (bajo y voz), Dave Fielding (guitarra solista), Reg Smithies (guitarra rítmica) y John Lever (batería).
Precisamente de Bowie se incluyó una versión en cara b de esos primeros singles y doce pulgadas, concretamente «John, I’m Only Dancing» que, todo sea dicho, nunca me pareció nada del otro mundo. Mucho mejor la del «Tomorrow Never Knows» de los Beatles o esas exquisitas rarezas «Paradiso», «Inside Out» y «Ever After» que se incorporarían como bonus tracks en la edición digital de 1993.

«No tenemos futuro, no tenemos pasado, solo somos fantasmas de cristal a la deriva». Ese brutal verso que inicia la letra de «Caution», de nuevo con metáforas sobre la adicción a las drogas, es una de las composiciones más crudas, más intensas y más extensas del disco. La otra que también superaba los siete minutos de duración es «Soul in Isolation», mi favorita del álbum con su acusado redoble en el ritmo percusivo y esa sensación claustrofóbica, de dolor y de desolación, incluido, tal y como dijo hace algunos años mi querido compi Don Guzz aquí en el Exile, «el incremento de energía según avanza» y «esa enigmática parte central».
Más joyas. Todo reflexión sobre la fugacidad del tiempo en la bellísima «Time, The End of Time», el aprovechar cada minuto, cada segundo como si no existiera un mañana, recuperando esa sensación embriagadora de desenfreno que tenían los años de juventud. Después, la bellísima y muy melódica «Seriocity», resultaba la más rupturista y experimental del repertorio por ese pulso hipnótico de la caja de ritmos acompañante que, además, y vuelvo a recordar a Don Guzz, tenía un punto épico que evocaba a los Immaculate Fools.
Nos queda «In Answer», una auténtica maravilla que, a partir de esa introducción que emulaba un órgano de iglesia, se desarrollaría la pieza más mística, más espiritual y más necesitada de liberación. Sobre la pérdida de la inocencia infantil y el mundo de deudas, hipotecas y obligaciones en la edad adulta cabalga «Childhood». Para rematar, la densa y etérea «I’ll Remember» que, instrumentalmente, concentraba ese universo cargado de nostalgia y de surrealismo que tanto representaba a los Chameleons y que, en este caso, volvieron a tener identidad estética con esas figuras híbridas y colas de serpientes en la portada, realizada una vez más por el guitarrista Reg Smithies para mayor gloria de esta obra maestra.
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