Discos Críticas Especiales

Reportaje especial sobre ‘Songs of love & hate’ de Leonard Cohen por su 50 aniversario.

Son ocho las canciones pero ni sobra ni falta un segundo. Lo que puede resultar una mero surtido de ellas se convierte en un sentimiento integral por el tratamiento acústico y sus arreglos precisos, algo muy afín al fado menor. Esa es la grandeza del Songs Of Love & Hate: coronar una trilogía de folk universal única con el disco espartano por antonomasia.

Una de mis primeros recuerdos de atracción hipnótica por el mundo adulto se remonta a aquellas tardes en las que iba a merendar a casa de mi compañero Mikel Múgica, a intercambiar cintas Bash de 90 mientras me ayudaba con las Matemáticas de 1º de BUP, él es ingeniero y yo un zote para todo tipo de ciencia.

Teníamos prohibido entrar en la habitación donde estaba el equipo Hi-fi ya que su hermano mayor estudiaba el curso final de su carrera. Lo hacía escuchando música y por el pasillo retumbaba el sonido religioso de una voz tan profunda como la fosa de las Marianas donde se condensaba para mi ese interrogante de una edad en la te permiten todo y no tienes que dar explicaciones a tus padres.

Él alternaba dos discos, el Love Supreme de John Coltrane y el Songs Of Love & Hate de Leonard Cohen. La temblorosa guitarra española de Avalanche, sus graves tonos y el sobrio arreglo orquestal de Paul Buckmaster con todos esas subidas y bajadas de intensidad prendían en un servidor, todavía adolescente, un feeling burbujeante de puertas entreabiertas a un mundo desconocido, subyugante, arrebatador.

Casi diría que esos seis pasos hasta llegar a la cocina para hacer los deberes al son de la primera canción del tercer LP del poeta de Montreal, eran para ese crío, ya interesado por la canción y los discos, la antesala de lo que todavía era fruta prohibida.

Esa admiración-miedo reverencial representada en Avalanche se mantiene por los años como un resto de mancha en el centro del alma donde se mezcla un negro Bilbao y los restos de un bocadillo de mortadela. Seguramente un vistazo furtivo al Interviú de Victoria Vera – su madre , viuda joven y liberal, permitía esas licencias tan necesarias en una casa en la que todos los hijos eran varones- ante la vigilancia del poster del Che Guevara entre ediciones del Círculo de Lectores de la La Peste de Camus y el Siddharta de Hesse.

Y si alguna tarde nos retrasábamos más de la cuenta y en vez de sonar la cara A sonaba la B, con Famous Blue Raincoat uno fantaseaba una escena de sexo adulto inteligente, poética y bella, una danza libre y sensual bajo la lluvia que ya la ponía Bilbao. Y para colmo la voz de Len sonaba a rabino, a cura, a liturgia. Y es ahí donde se daba una contradicción que potenciaba su efecto encantador. Lo reconozco, esperaba a esos segundos toda la semana, eran muy diferentes a todos los restantes.

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Y si por lo que fuera, en vez de cinco minutos, llegábamos en diez y sonaba Joan Of Arc, uno pensaba que aquello se parecía mucho a Mikel Laboa y tenía que investigar a esa versión anglosajona cuando la paga se lo permitiera. La adquisición de discos había que priorizarla (las famosas listas que se tachaban) y eran las cintas las que nos permitían abarcar previamente territorios inexplorados. Las Basf eran auténticos mapas sonoros del alma que nos sirven hoy mismo para explicarnos enteros.

Entonces no sabía si era canadiense o americano pero sí que Leonard Cohen sonaba a europeo, elegante y único. Pero era casi un niño y me daba mucho miedo y respeto su voz. Yo entonces justo había perdido a mi padre.

De mayor cuando ya te enteras de la vida del poeta, de lo que representa para su poso la cultura cosmopolita y multilingüe de una ciudad como Montreal, de su etapa Hydra, de su amor por el flamenco y Lorca, todo encaja de una manera tan hermosa que en el momento de escribir esta frase me viene directo un escalofrío.

Es por ello que esta obra maestra de Leonard que a tantos obtusos les sirve de prueba para vocear lo aburrido de su planteamiento, a mi me inspira todo menos tedio. Solo misterio y se mantiene porque todavía uno no se ha querido hacerse del todo adulto ya que le tiene mucho respeto a la palabra.

Reportaje especial sobre Songs of love & hate de Leonard Cohen por su 50 aniversario.
«Sing your songs, Len»

Cohen en Songs Of Love & Hate deja atrás su fase griega (es en el anterior, el Songs From A Room, en el que condensa la inspiración de sus años bohemios en Hydra) pero vuelve a Nashville a grabar con varios de los músicos que estaba utilizando Dylan desde que decide en 1966 dar forma a su obra en la Music Row.

Estaba claro que Cohen había empezado a cantar por su admirado Bobby y en su órbita quería estar, además de ser un amante de la música country de primer nivel desde bien chaval.

Ese sonido único del John Wesley Harding tiene una réplica en Songs Of Love & Hate: parábolas, religión, moralejas, austeridad espartana, economía de guerra, etc.; en definitiva, toda su esencia.

Los músicos Ron Cornelius, Charlie Daniels y el productor Bob Johnston se centran en dar algo de color (sepia, no nos vayamos a pasar ) a una colección de poemas duros y austeros donde la temática amor, muerte, sexo, ejército y religión (la marca de Casa Cohen) alcanza una de sus cimas.

La post-producción en Londres añadiendo los espectaculares arreglos orquestales de Paul Buckmaster (gloria pura de los discos sagrados de Elton John) le añade al disco una profundidad digna del Antiguo Testamento. Pese a que a Paul le pareciera tan difícil y complicado ponerse a componer una partitura para aquella dureza rígida como la horarios de un kibutz y que al propio Len no le convenciera del todo, lo cierto es que el tiempo ha situado a estas canciones en el cielo atemporal que merecen por ello. ¿Qué sería Avalanche sin ese remolino emocional orquestal que te succiona y que parece un diálogo entre Moisés (Len) y Dios (las cuerdas)?

Si bien no difiere mucho de las dos maravillas de álbumes que le preceden, si le define su rocosa cualidad puntuada por sus eternos coros de ángeles. Atrás quedan las luces del Egeo o himnos como Bird on The Wire o esas canciones de amor platónico o epifanías como Suzanne y ahora estamos ante un cancionero de guerra y paz mucho más sutil y más difícil de asimilar. Sin embargo, el arte de escribir un guión de cine dentro de una carta lo encontramos en la de la famosa gabardina azul (una de sus obras maestras de Museo Hermitage) Es imposible escribir mejor una historia de un trio y sus cuernos.

Vemos la clara influencia de la poesía simbolista y la de su amigo Robert Zimmerman (Desolation Row) en cotas altas como la ya tan mencionada ya Avalanche (la historia de un jorobado) o la ya sagrada Last Year´s Man donde aparece Juana de Arco y su ejército de valerosos feligreses a ritmo de salmodia para volver de nuevo para cerrar el disco con un título que es el nombre de la heroína francesa.

Dress Rehearsal Rag cabalga en torno a buscar el origen del chico dorado de la voz dorada y en su narrativa ahora se ve la influencia en el Tangled Up In Blue del otro judío más importante de la canción del Norte de América. Para cortar el rollo misionero, tenemos Diamonds By The Mine, vacilona donde las haya donde su voz degenera hasta límites de los que buena nota tomaría un joven Tom Waits. Es la canción ligera del lote, una ronda nocturna alcoholizada y con guitarra eléctrica pero con tremenda letra.

Love Calls You By Your Name es otro de los pilares del Songs y describe perfectamente lo inesperada que es siempre la llamada del amor por muy descreído que estés tras varias experiencias fallidas…between the darkness and the stage, between the hours and the age, once again, once again. ¿Cuántos han intentado imitarla? Demasiados ¿Cuánto han conseguido alcanzar semejante grado de belleza infinita? Ninguno. Recomiendo solo a ese respecto a Bill Callahan.

La Famosa Gabardina Azul, ¿qué decir de ella?, ¿qué añadir?. Una canción básica para el desarrollo de una carrera como la de Nick Cave o la de Rafa Berrio no es una canción cualquiera.

Y los cuatro primeros versos…son de los más evocadores ever.

It’s four in the morning, the end of December

I’m writing you now just to see if you’re better

New York is cold, but I like where I’m living

There’s music on Clinton Street all through the evening.

Te pone en situación y ahora le veo ese hermanamiento con ella a la primera estrofa del Tangled Up In Blue dylanero.

Early one morning, the sun was shining

I was laying in bed

Wondering if she’d changed it all

If her hair was still red

Sing Another Song Boys es una canción de campamento, en realidad todas lo son, de esas que le gustaba versionar en sus años mozos en las tabernas folkies del puerto de Montreal cuando la «revolución estaba en el aire» en los cafés atestados de artistas.

Son ocho sus canciones pero ni sobra ni falta un segundo. Lo que puede resultar una mero surtido de ellas se convierte en un sentimiento integral por sus arreglos precisos, un sentimiento afín al fado menor. Esa es la grandeza del Songs Of Love & Hate: coronar una trilogía de folk universal única con el disco espartano por antonomasia. Una obra maestra ruda como un Greco que siempre vas a relacionar con algo personal como yo con la casa de mi amigo y el buen gusto de su hermano mayor para amenizar su estudio.

Cohen, con su voz de chelo, en aquellos días de descubrimiento personal, no hacía más que recitar su sermón de la montaña desde una puerta entreabierta y me hacía presagiar que los problemas de los adultos pueden ser tan graves como la colisión de las vibraciones de las tres cuerdas de nylon agudas de la guitarra con sus tres bordones más los impresionantes violines de Buckmaster. Y por eso, cada vez que escucho esta maravilla tan monacal como guerrillera, atravieso los ocho pasos del pasillo de la casa de Mikel con mis propios fantasmas sobre algo que se desea de los mayores y de mayor de los pequeños: la libertad.

Feliz 50 cumpleaños!

Nota: la portada es realmente EXCEPCIONAL y todo con base en la elección de la fuente y el tamaño de la misma. Prima hermana del The Times They Are A-Changin´ de su «primo» Bob.


6 respuestas

  1. Las Basf eran auténticos mapas sonoros del alma que nos sirven hoy mismo para explicarnos enteros.
    los espectaculares arreglos orquestales le añade al disco una profundidad digna del Antiguo Testamento.
    ¡¡Qué bien lo cuentas so joío!! Me bajo a la cueva a ponérmelo, ahora mismito. Abrazoteee

  2. Es curioso como un disco tan enorme puede ser descubierto de formas tan dispares. Yo descubrí tarde a Cohen, no sé bien por qué, pero le tenía manía, y a Aute también, los metía en el mismo saco, me parecían aburridos y poco creíbles con esos temas tan lentos, pero con unas historias personales tan fascinantes y un éxito con las mujeres que evidentemente yo envidiaba. Creo que el hecho de conocerlo de verdad siendo más talludito, me hizo ver la importancia de un músico único e incomparable desde que pude escuchar un disco entero, éste precisamente. Sólo conocía temas sueltos, y desde que lo escuché del tirón me embrujó. Obra maestra, sin discusión. Me encanta tu forma de relacionar tus recuerdos infantiles con la música, no sé dónde leí que no hay máquina del tiempo más poderosa que la música. Un abrazo Joserra.

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