Discos Críticas

Reseña y crítica de ‘Colder streams’, álbum de The Sadies y póstumo de Dallas Good.

… predomina la pasión y emoción que desprenden sus contrastes, tan íntegros, coherentes y honestos como, en determinados momentos, turbios y estridentes… 

Que “Colder Streams” está intensa e íntimamente relacionado con la figura de Dallas Good por su inesperado y prematuro fallecimiento a los 48 años de edad, es un hecho bastante obvio e irrefutable, tanto por su fundamental participación en este trabajo como porque en alguna parte de su contenido parece invocar su pérdida y su espíritu.

Dicho lo cual, adquiere ahora también mayor relevancia a nivel promocional que, cinco meses antes del triste deceso, el bueno de Dallas manifestase, sin caer en la arrogancia, soberbia o pedantería, de manera irónica e intencionadamente exagerada, que el ya finiquitado undécimo álbum de estudio de The Sadies era “el mejor disco que jamás haya hecho nadie alguna vez”.

A la vista —o mejor sería decir al oído— del soberbio y homogéneo resultado, queda claro que estamos ante otro ejemplo que engrandece, si cabe todavía más, la leyenda de los canadienses, donde lo sobrante brilla por su ausencia y donde, por supuesto, nos hallamos ante uno de los evidentes mejores artefactos sónicos del presente 2022. Ahora bien, de ahí a ser el mejor disco de la historia va un trecho, así como tampoco me atrevería afirmar que es el mejor de los cuatro fabulosos: Dallas Good (voz, guitarras), Travis Good (voz, guitarras, violín, banjo, mandolina), Mike Belitsky (batería) y Sean Dean (bajo).

Colder streams. The Sadies

Dos brillantes avanzadillas, antes de la fatídica fecha del 21 de febrero del año en curso, recuperaban la ilusión y el entusiasmo de los que nos consideramos incondicionales de esta banda, todo ello teniendo en cuenta que había transcurrido casi un lustro desde los maravillosos “Northern passages”.

Primero fue “Stop and start”, ahora convertida en contundente apertura, cuyas sensaciones místicas e hipnóticas resultan ideales para una lírica sobre locura y depresión, con siete años soportando el maleficio, con una enfermedad mental que llega como un sol naciente, y con la tristeza y la demencia que, lamentablemente, se erigen triunfantes.

La segunda “Message to Belial” nos dejó noqueados a los suficientes, tanto por la exhibición de raíces musicales americanas con principal protagonismo de Travis como por los solemnes e imponentes versos que, poco después, sonarían todavía más turbadores y escalofriantes: “Mi queridísimo difunto, dónde has ido… El círculo se ha roto… Lucifer, qué has hecho… Levántate de las cenizas y vuelve con tus seres queridos… Te extrañamos mucho en este momento…”

Tras el impasse y la lógica situación de duelo se demoró la cosa hasta que vio la luz “Cut up high and dry”. Era (y es) estremecedora, como una premonición en forma de oración, con la esperanza de una señal, con el deseo de que se alineasen las estrellas, o acaso un réquiem con ese “ama a tu prójimo, a tu familia y amigos… todos nuestros pecados son perdonados al final…”

Más folk y bluegrass en la reflexiva, conmovedora e incluso dolorosa “All the Good”, donde participan los padres de los hermanos Good. Por una parte Bruce con la auto arpa, y por otra Margaret en los coros, quien también lo hace en esa llamada o mensaje al más allá que parece ser “So far so few”.

Otra relevante colaboración es la de Jon Spencer, quien aporta distorsión guitarrera y efectos de reverberación en “No one is listening”, un temazo hecho con el corazón, con detalles sugestivos y psicodélicos, a medio camino entre Stooges y los Crazy Horse, para cerrar los ojos, sentir el presente y olvidar el pasado, cuyo vídeo fue presentado conjuntamente con el álbum que nos ocupa, el pasado 22 de julio.

En el resto de cortes también predomina la pasión y emoción que desprenden sus contrastes, tan íntegros, coherentes y honestos como, en determinados momentos, turbios y estridentes. En definitiva, ese característico sonido marca de la casa, ese que conjuga de manera tan personal y peculiar el country, el bluegrass, el rock alternativo o el surf, recordando a veces a Los Lobos y en otras a Neil Young o incluso al Pasley underground de Dream Syndicate, y que, en esta ocasión, ha contado con la brillante producción de Richard Reed Parry (Arcade Fire).

Tampoco faltan los aires de spaghetti western, como en “More Alone”, con la pérdida humana y la muerte en primer plano. Resulta inquietante la rabia que habita en versos como “Si rompes la palabra, te veré en el infierno… No quiero explicar toda mi tristeza y dolor a familiares y personas que amo… Presenté mis respetos a un amigo cercano que perdí ayer… Me duele pensar en lo que pudo haber sido y en todo lo que nunca será… Murió solo, pero nunca estuvo solo… Le dimos amor, pero no fue suficiente para luchar contra su enfermedad…”

Nos quedan cuatro. La breve y folky “You should be worried”, con ese conciso verso inspirado en los días de aislamiento por la pandemia, la acelerada “Better yet” como respuesta a nuestros demonios internos, la más frenética “Ginger moon” para buscar la salvación, para correr y no mirar atrás, porque si no puedes escapar nadie te ayudará. Y finalmente el instrumental “End credits”, donde Michael Dubue aporta marxófono, melotrón y otros efectos.

Por supuesto “Colder streams” será recordado por los siglos de los siglos como el álbum póstumo de Dallas Good. Pero todo indica que no es el final de una de las mejores bandas de las tres últimas décadas. The Sadies deberían seguir vivos y con cuerda para rato. Acaso el futuro empieza con el mejor disco que jamás haya hecho nadie. ¿Y por qué no?


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