Reseña y crítica sobre The Bevis Frond y su álbum ‘Horrorful Heights’, publicado en 2026.
… injusto menosprecio que rodea la trayectoria de un fenómeno único como es Nick Saloman, cuya creatividad, y talento parecen inagotables… otro álbum extenso —20 coplas sin desperdicio, se dice pronto— que, por encima de todo, es equilibrado, homogéneo, atemporal y encomiable…
El último álbum de The Bevis Frond, de título «Horrorful Heights», se editó el pasado 3 de abril. Desde entonces he querido esperarme para ver la repercusión. Transcurrido un mes y nueve días podemos confirmar que, si no me equivoco, las críticas y las reseñas en nuestro país han brillado por su ausencia. A ver, sí que es cierto que, previamente a su publicación, se dieron algunas notas de prensa anunciándolo con las canciones de avanzadilla y que, en los últimos días, he leído algún breve comentario en redes sociales elogiando la grandeza y las bondades de este artefacto, pero poco más.
Todo ese ninguneo sirve para asentar mi creencia del injusto menosprecio que rodea la trayectoria de un fenómeno único como es Nick Saloman, cuya creatividad y talento parecen inagotables, y al que el tiempo deberá poner en el lugar que merece si es que queda un pelín de justicia en este mundo.
Con 73 tacos, el bueno de Saloman ha publicado el que, si no me fallan las cuentas, es el álbum número 28 de su discografía. Sirve de continuación a los fabulosos «Focus on Nature« de 2024 y “Little Eden” de 2021 y, una vez más, ha conseguido asombrarme con otro álbum extenso —20 coplas sin desperdicio, se dice pronto— que, por encima de todo, es equilibrado, homogéneo, atemporal y encomiable.
En su rango de rock underground y alternativo, el británico optimiza y afina en «Horrorful Heights» su épico crisol de psicodelia melódica, de guitarras apasionadas y de emoción, mucha emoción, junto a tres cracks como Dave Pearce a la batería, Paul Simmons a la guitarra y Louis Wiggett al bajo.

Se encienden las hogueras, cual si estuvieran en un carnaval de luz negra, con «A Mess of Stress», donde resulta inevitable hallar vínculos con Neil Young & Crazy Horse. Después, la historia del desgaste, del descontento o del fracaso de una pareja se dan, con una especie de halo heroico y mordaz, en «Best Laid Plans». Curioso, o acaso cabalmente estudiado, que la segunda y la penúltima pieza del disco, una preciosidad como «Momma Bear» sobre cruzar la puerta con temor a decepcionar, coincidan en la inclusión del pedal steel que proporciona ciertos aromas melódicos de country.
Ojo con la enorme «Square House», parece un sueño de angustia, opresión y preocupación, cargada de metáforas sobre una casa solitaria en un acantilado, donde el amor no permanece cada vez que ella la visita. Pero es que después «Quietly» es pura fantasía, todo amor por lo psicodélico, todo amor por los viejos vinilos y ahí, en ese punto, las chicas que nunca entendieron ese universo.
Absoluta maravilla es “Space Age Eyes”, un viaje de más de nueve minutos de portentosa psicodelia trascendental, donde una vez más Saloman canta con su hija Debbie Wileman, y donde encandila la guitarra de Simmons en una atmósfera cósmica que viene derivada de las relaciones entre padres e hijos, de los caminos diferentes, de las cuestiones diferenciales, de la sabiduría del hombre viejo, de la perspectiva futurista y de los ofrecimientos de ayuda que son rechazados. Realmente creo que me quedo corto si digo que es soberbia.

Por su parte, «Naked Air» es la búsqueda de aire libre, de alejarse de la inmundicia social y de la congestión en la urbe, con mención a la rotonda de Whipps Cross, mientras que «Horrorful Heights», el tema que da título al disco y que fue el primer adelanto del mismo, es psicodelia trovadora con un sitar, voces superpuestas y aires medievales para tiempos de desilusión y de desafección.
En esa interrelación y amplitud de miras musicales que no pierden la conexión, se alza «Draining The Bad Blood», adictivo temazo marca de la casa, en línea con la influencia que Bevis Frond fue y será en bandas más conocidas como Teenage Fanclub o Lemonheads, y con versos demoledores de desahogo, como el de que «puede que esté lleno mi ego inflado, pero prefiero morir antes que ser otra persona».

En el ecuador del disco, «A Simple Pursuit» es sobrecogedora, pura emoción de balada en una confesión al padre sobre la carga, la cruz invisible, el peso de la pérdida… De pelopunta las comparaciones sobre adicciones, como la de que sería más fácil en la vida el consumo de marihuana, heroína o cocaína, pero la droga predilecta es un deseo imposible que consume emocionalmente.
Más. «Hiss» es hard-rock psicodélico, pura inspiración por el deseo de huída. En contraste, «Animal Man», es un medio tiempo que, por momentos, podría evocar a los Beatles más lisérgicos, con alegorías sobre la búsqueda del monstruo que nunca está y el deseo entre música que fluye y se desvanece.
En cuanto a «Romany Blue», exquisita melodía cargada de recuerdos de amor y otra de las previas puntas de lanza, fue un flechazo para el que suscribe. Después, «Mossbacks’ Dream» posee más de siete minutos de original hardcore y de carga onírica, cual si te atraparan en el muro de la muerte con guitarras despiadadas.
Pronto llegará el exterminador. «Silver Insects» tiene una potente carga de imágenes y visiones postimpresionistas, difusas en el cielo, entre el rojo ardiente y el color oro del desierto, con una sábana flotando en el aire. En cambio, «That’s Your Lot» es una explosión vertiginosa de euforia melancólica con aproximaciones a Dinosaur Jr e, indudablemente, una de las canciones más impactantes del disco.
Vuelven las discrepancias de los egos, la confusión y el acompañamiento vocal de su hija en «Buffaloed», en una onda más melódica a lo Byrds, cosa que se produce de manera similar en «I’m Gonna Drag You Into My World», todo armonía para eludir el fracaso de arrastrarse por el mundo.
En la recta final, «Sink State» es otra canción marca de la casa, sobre la convivencia en un hogar de un barrio marginal, mientras que el colofón «King for a day» es inmenso y gulliveresco en sus más de siete minutos, con mención a Johnny Marr y versos impactantes sobre lo efímero del reconocimiento, como«fui una estrella por breve tiempo, me decían ‘Tu banda debería estar en la cima de las listas’. Rey por un día, me dieron la corona y luego me la quitaron, me seguían chicas, me divertía ahuyentándolas, las invite a subir.»
No creo que Saloman ni Bevis Frond sean o hayan sido reyes por un día en sus más de 30 años al servicio del rock de calidad, no les hace falta, no necesitan las trampas de la fama y la popularidad, entre otras cosas porque han vuelto a materializar una obra maestra de eclecticismo melódico y liberado, marcando la pauta como banda de culto para todos aquellos a los que influye y que andan medio adormilados por el transcurso de los años.
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